El faro es el corazón de José Ignacio desde 1877: se planta en la punta rocosa de la península y divide las dos almas del balneario, la playa Mansa y la Brava. Cuando está habilitado al público, subir sus 150 escalones —con cuerda para ayudarte y ráfagas de viento arriba— regala la vista panorámica más linda de toda esta costa: el pueblo, las lagunas y el Atlántico abierto.
El momento ideal es el atardecer, cuando el sol cae del lado de la Mansa y el pueblo entero se tiñe de dorado. La entrada cuesta poco y la experiencia es corta, así que va bien con chicos o como pausa entre playa y playa. Los horarios varían según la temporada y la operativa de la Armada, así que conviene chequear antes de ir.
