Escrita como m a r ė a, con espacios y todo, esta posada diminuta del pueblo de José Ignacio es de esos secretos que se pasan en voz baja. Tiene apenas un puñado de habitaciones, cada una con kitchenette y balcón con vista a la playa, y una estética que los huéspedes describen como de vibra balinesa: jardín frondoso, reposeras al sol, decks comunes vestidos con telas naturales y detalles shabby chic.

La gracia está en la ubicación: quedás a distancia caminando de la Brava y de todos los restaurantes y rincones buenos del pueblo, así que el auto sobra. Los puntajes que junta en las plataformas de reserva son altísimos, con menciones constantes a la limpieza y a la calidez de los dueños. Si viajás en pareja y preferís una posada íntima antes que un hotel grande, anotala arriba de la lista.