En la plaza de Pueblo Garzón, dentro de un viejo almacén de ramos generales, Francis Mallmann montó el proyecto que convirtió a esta aldea rural en peregrinación gastronómica: un restaurante de fuegos con apenas cinco habitaciones arriba. Dormir acá es entrar en el mundo Mallmann sin intermediarios: la tarifa incluye pensión completa con vinos, y el pueblo entero —calles de tierra, casas bajas, silencio de campo— funciona como extensión del hotel.
Es una experiencia más que un alojamiento: venís por las brasas, los desayunos largos, la piscina en el jardín y la sensación de haber encontrado un secreto a 40 minutos de José Ignacio. Va dirigido a gastrónomos, parejas y viajeros que ya conocen la costa y quieren el contrapunto de tierra adentro. Con solo cinco cuartos, reservá con mucha anticipación en temporada.
